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Conjeturas. Despedidas.

Hoy, algo personal.
O mejor, un post dedicado: el sábado tuvimos la última clase y convite conmemorativo del Máster Junior de Creación Literaria. Zagales que empezaron con nosotros cuando tenían entre 16 y 18 años (y pensaban que Harry Potter era el mejor libro jamás escrito), que han seguido viniendo durante dos años más todos los sábados por la mañana. De diez a dos. Dicho de otra manera: aunque hace dos años que no salgo un viernes noche, se les termina cogiendo cariño a los chavales. A pesar de que quieran hacerme un “Celebrities”, en plan Muchachada Nui, me imagino. El caso es que siempre espero dar con algo, no sé… inspirador, para cerrar la última clase, o justo antes de las despedidas.
Al final nunca se me ocurre qué decir. O se me ocurre algo pero me acelero -más- y necesito dejar de hablar en mitad de las frases. Y aprovechando que estábamos hablando de Faulkner (es una justificación patética, no lo hagáis en una trama) me he acordado de su conocido e inspirador discurso de aceptación del Nobel del 49 (creo). Si lo googleais, hay un audio por alguna parte.
junior

Pienso que este premio no se otorga a mi persona sino a mi trabajo; el trabajo de una vida en el sudor y la agonía del espíritu humano, no por la gloria, y menos que nada por la ganancia, sino por crear, a partir de los materiales del espíritu humano, algo que no existía antes. Así que este premio sólo se me confía. No será difícil encontrar un destino a su parte monetaria que sea adecuado al propósito y significado de su origen. Pero quisiera hacer lo mismo con la proclama, al emplear este momento como una cumbre desde la cual pueda ser escuchado por los hombres y mujeres jóvenes que ya se dedican a la misma labor y angustia, entre los cuales se encuentra ya aquel que ocupará el lugar que ahora ocupo yo. Nuestra tragedia hoy es un miedo físico general y universal sostenido por tanto tiempo que incluso podemos sopesarlo. Ya no hay más problemas del espíritu. Sólo existe la pregunta: ¿Cuándo estallaré? Por este motivo, el hombre o mujer joven que escribe hoy ha olvidado el problema del conflicto del corazón humano consigo mismo, que es lo único que puede lograr la buena escritura porque es lo único sobre lo que vale la pena escribir; sólo eso merece el sudor y la agonía. Él debe aprenderlo otra vez. Debe enseñarse así mismo que tener miedo es lo más bajo que hay; y al enseñarse eso, olvidar el miedo para siempre, y no dejar espacio en su taller a nada que no sean las viejas verdades y realidades del corazón; las viejas verdades universales sin las cuales una historia es efímera y está condenada a morir: amor y honor y caridad y orgullo y compasión y sacrificio. Mientras no haga eso, trabajo bajo una maldición. No escribe de amor sino de lujuria, de derrotas en las que nadie pierde nada de valor, de victorias sin esperanza, y lo peor de todo, sin caridad ni compasión. Sus aflicciones no se duelen en huesos universales, no dejan cicatrices. No escribe del corazón sino de las glándulas. Hasta que vuelva a aprender estas cosas, escribirá como si asistiera al fin del hombre y lo contemplara. Me rehuso a aceptar el fin del hombre. Es bastante fácil decir que el hombre es inmortal simplemente porque perdurará: prevalecerá. Es inmortal, no porque sea el único espíritu capaz de compasión y sacrificio y resistencia. El deber del poeta, del escritor, es escribir acerca de éstas cosas. Es un privilegio aligerar el corazón del hombre para ayudarlo a resistir, al recordarle el valor y honor y orgullo y esperanza y compasión y caridad y sacrificio que han sido la gloria de su pasado. No es necesario que la voz del poeta sea un mero registro del hombre, puede ser uno de los apoyos, de los pilares para ayudarlo a perdurar y prevalecer”.

No tengo mucho más que decir. Tampoco tengo mucho más que enseñaros y no voy a dar ningún consejo de última hora. Ya sabéis cómo, por qué y para qué se escribe. Ahora “sólo” queda sentarse y escribirlo.

Venid a verme alguna vez.

P.D. Si hacéis el Celebrities, lo cuelgo. Os desafío tres veces, como Jules.

P.D. El próximo día dejamos a Faulkner y volvemos a lo nuestro.

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Conjeturas. El silencio y los cómics.

En la segunda parte de Kill Bill (Quentin Tarantino, 2004), Bill (David Carradine) utiliza los cómics de Superman y a su alter ego Clark Kent como analogía para argumentar que, por mucho que se haga pasar por dependienta de una tienda de vinilos de segunda mano en Austin, Texas (siempre he querido ir a Austin, Texas, no sé por qué), la verdadera naturaleza de Breatrix Kiddo (Uma Thurman) es la de asesina a sueldo y, de paso, contar que el ser humano es débil, inseguro y cobarde.
Les dejo el vídeo aquí.

killbill

Tito, antiguo pero gran amigo, es como Bill. Encuentra este tipo de interpretaciones cuando lee un cómic. Antes de ayer, por ejemplo, me dice que tal secuencia de tal número de Daredevil significa que el olvido es, en realidad, empeñarse en recordar. Y te entusiasmas y le pides un boli al camarero para apuntar el nombre en una servilleta, pero el cómic siempre parece mejor cuando él te lo cuenta que cuando lo lees tú.
Lo que quiero decir es que no sé leer cómics.
O que no sé cómo se leen.

Y no se trata de éste o el otro, porque he leído un poco de todo… colecciones de superhéroes, novelas gráficas, Manga… y casi siempre de autores con cierta reputación (Alan Moore, Grant Morrison, Kazuo Koike, Jason, Art Spiegelman, Daniel Clowes…), pero no consigo leerlos como Tito y él no consigue explicarme cómo lo hace. Él es mucho más inteligente que yo, también es verdad. Quiero decir, que puede que me lo explique bien pero yo no lo entienda.

Tampoco me parece que mi incapacidad tenga mucho que ver la composición gráfica. Al final, aunque la narración oriental presenta variaciones, un cómic utiliza códigos y convenciones que ya conocemos: la composición de la escena, la disposición de los personajes, el plano (los planos cercanos son emotivos y los lejanos descriptivos, esas cosas), el ángulo, el tipo de viñeta, el entintado, el dibujo mismo…

Parece evidente que el medio, el formato, no es el adecuado para trabajar el sentido de la narración de la misma manera que se trabaja en una novela, o en una película. Por muchos motivos: la extensión; la obligada escasez de texto; las 4 páginas seguidas de pelea; las constantes y necesarias elipsis que hay entre viñeta y viñeta… Si leo un cómic igual que una novela, el sentido es tan obvio (normalmente un espacio que propicia una lucha entre el bien y el mal: el crimen no compensa; el poder corrompe; hacer el bien como obligación moral; si lo deseas lo conseguirás…) que la historia parece una trivialidad, una peripecia.

Sin embargo, mientras leo por tercera vez el Daredevil de Frank Miller que Tito me ha prestado sin encontrar la escena sobre el olvido, se me ocurre que se trata de los silencios.

daredevil

En una novela (o en una película) el narrador elige constantemente. Elige lo que te cuenta y cómo te lo cuenta. Esto implica que también elige lo que se calla: elige lo que no te cuenta y por qué no te lo cuenta. Y elige porque tiene una intención concreta (por eso decíamos en un post anterior que, en principio, ningún narrador es del todo fiable), porque quiere contar algo con lo que dice y, por extensión, con lo que no dice.
En algunas novelas los silencios no son significativos y su presencia (o ausencia, según se mire) obedece a decisiones relativas a la eficacia de la trama, sin más. Pero, muchas veces, lo que el narrador se calla tiene tanta intención y se carga tanto de significado, que el sentido del texto se interpreta, está en el silencio mismo.
(Por poner algún ejemplo de los libros mencionados hasta ahora… ¿Quiénes son los padres de Holden Caulfield en El guardián entre el centeno? ¿Cómo son? ¿A qué se dedican, qué edad tienen? ¿Se quieren? ¿Y a sus hijos? ¿Por qué un narrador de 16 años al que expulsan del colegio y se va de aventura a Nueva York menciona a sus padres, un par de veces, de pasada, en 250 páginas?)

Sin embargo, el cómic llena la narración de silencios, aunque creo que son más propios del formato que intención del narrador. Desde las elipsis entre viñetas, hasta la extensión, pasando por la relación entre género y configuración de personajes (los personajes complejos ralentizan y distraen de la acción, por eso las narraciones de acción tienden ser protagonizadas por personajes sencillos –no confundir “sencillos” con “simples”). Además, los cómics suelen colocar la narración en espacios y tiempos (decíamos que una definición válida de narración es representación de espacios y tiempos experimentados por personajes y acciones) en los que el bien no puede con el mal: futuros post-apocalípticos; islas secretas, Gotham; estados de excepción; mundos fantásticos; realidades marginales… En definitiva, tiempos y espacios ruidosos, pero llenos de silencios.

En fin, no quiero liarme. Esto es sólo una conjetura. La cosa es que no sé leer cómics y creo que no sé porque están tan llenos de silencios que piden una aproximación distinta a su lectura, que se me escapa. Me pasó algo parecido con el jazz, aunque conseguí entenderlo (en la medida de mis posibilidades): otro amigo me explicó que sólo tenía que escuchar de otra manera, que tenía que dejar de “predecir”, de esperar.
La cuestión es que escucho a Tito y me recuerda a alguien comiendo melón: no me gusta, pero le veo con la raja en la mano, mascando a dos carrillos y me da envidia.
Así que a ver si nos echamos una mano, como me la echaron con el jazz…. recomendaciones, lecturas. Conjeturas.

P.D: Se agradece el interés. Ya casi no cojeo. Hoy termino con los antibióticos.

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