Notas. Recapitulemos.


Estaba releyendo un pequeño libro -unas notas o un diario- para dar una clase y me ha parecido un buen ejemplo (y un buen momento) para repasar algunas de las cosillas que hemos visto hasta ahora.

Estos son los cuatro primeros párrafos:

Nadie me había dicho nunca que la pena se viviese como miedo. Yo no es que esté asustado, pero la sensación es la misma que cuando lo estoy. El mismo mariposeo en el estómago, la misma inquietud, los bostezos. Aguanto y trago saliva.
Otras veces es como si estuviera medio borracho o conmocionado. Hay una especie de manta invisible entre el mundo y yo. Me cuesta mucho trabajo enterarme de lo que me dicen los demás. Tiene tan poco interés. Y sin embargo quiero tener gente a mi alrededor. Me espantan los ratos en que la casa se queda vacía. Lo único que querría es que hablaran ellos unos con otros, que no se dirigieran a mí.
Hay momentos en que, de la forma más inesperada, algo en mi interior pugna por convencerme de que no me afecta mucho, de que no es para tanto, al fin y al cabo. El amor no lo es todo en la vida de un hombre. Yo, antes de conocer a H., era feliz. Era muy rico en eso que la gente llama ‘recursos’. A todo el mundo le pasan estas cosas. Vamos, que no lo estoy llevando tan mal. Le avergüenza a uno prestar oídos a esa voz, pero por unos momentos da la impresión de que está abogando por una causa justa. Luego sobreviene una repentina cuchillada de memoria al rojo vivo y todo ese ’sentido común’ se desvanece como una hormiga en la boca de un horno.
Y de rechazo cae uno en las lágrimas y en el pathos. Lágrimas sensibleras. Casi prefiero los ratos de agonía, que son por lo menos limpios y decentes. Pero el asqueroso, dulzarrón y pringoso placer de ceder a revolcarse en un baño de autocompasión, eso es algo que me nausea. Y, es más, cuando caigo en ello, me doy cuenta de que me lleva a tergiversar la imagen misma de H. En cuanto le doy alas a este humor, al poco rato la mujer de carne y hueso viene sustituida por una simple muñeca sobre la que lloriqueo. Gracias a Dios, el recuerdo de ella es todavía lo suficientemente fuerte (¿lo seguirá siendo siempre tanto?) como para salir adelante.

El narrador (identificado) no dice quién es, ni explica por qué está indagando, analizando el sentimiento de pena que le envuelve. Todavía no ha desvelado que H. es su mujer que ha muerto (conflicto que desequilibra la vida del personaje) recientemente (posición de la voz) de cáncer.

Así, cuando empezamos a leer, el texto nos despierta preguntas (¿por qué siente pena el narrador? ¿quién es H.?…), pero resulta evidente que el foco de la narración no está en la acción, sino en la conciencia del personaje, en lo que el personaje piensa, siente, cree… y demás verbos abstractos con respecto a la acción (distancia de la voz). En este caso, la muerte de la esposa y la pena, o el duelo. Entonces, no podemos decir que este texto despierte interés en el lector a base de generar preguntas y retrasar las respuestas de forma deliberada (tensión narrativa). Nos hacemos preguntas porque, al igual que el personaje, cualquier persona enfrentada a un conflicto está en la incompetencia. No sabe(mos). Este libro parece un ejemplo de manual de los parecidos entre personas y personajes: la muerte de la esposa desequilibra al personaje (que no es un personaje, es una persona, no es ficción) que decide (deseo consciente) escribir un análisis de su paso a través del conflicto mismo.

Por otra parte, no se trata de un narrador cuya autoridad racional lleve el peso del texto. No es un narrador lo suficientemente relacionado con la muerte y la pena para desarrollar una gran autoridad racional, como podría ser, por ejemplo, un narrador médico-forense, o un director de funeraria, o un psicólogo especializado en este tipo de situaciones.

Sin embargo, la autoridad emocional sí que se encarga de mantener el peso del texto: el narrador ha vivido la desgracia en primera persona y lo cuenta de forma honesta. No va a contar una historia que ilustre su propia gloria, ni nos va a aburrir con una colección insufrible de desgracias, ni va a declamar con melodrama y floritura. Admite sus debilidades, se trata con dureza y sinceridad. Insiste en no mentirse. Así, da la oportunidad al lector de hacer lo mismo. Le involucra emocionalmente. Nos reconocemos en él.
Le creemos.

Como me he propuesto escribir post y no sermones, lo dejo aquí. En unos días añado un párrafo y recapitulamos los coros.

Por cierto, el libro, una colección de reflexiones que el autor escribió tras la muerte de su esposa, es Una pena en observación, de C.S. Lewis.
Sí, el de Narnia. Yo también tuve que preguntarlo.

  1. #1 by Txumai on 31/Mar/2010

    Un buen hiper – resumen, con sus enlaces para repasar conceptos importantes. Gracias.

  2. #2 by Elena on 31/Mar/2010

    Me son de mucha utilidad tus post, prácticos, claros y contundentes. He mejorado varios relatos con tus mini-lecciones. ¡Gracias!

(No será publicado)

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